| El peligroso encanto
de Betty
Confieso que soy un seguidor
fiel de esta telenovela que prefiero llamar comedia telenovelesca y
cuyo éxito creo que responde ante todo a las variaciones significativas
de la fórmula tradicional: si bien existe una heroína bondadosa,
modesta y pobre, ésta es tan poco agraciada como inteligente y laboriosa.
Y ya sabemos que tradicionalmente las heroínas de telenovela podrán
tener "poca sal en la mollera", pero esculturales sí son.
Betty es considerada fea, abiertamente inteligente y bella por dentro.
Aunque alego que, viéndolo bien, el personaje no es tanto feo en
el sentido deformante y "fierohorripilante" de este calificativo, cuanto
poco sexual, desaliñado, torpe y de vocesita tembleque.
Con ese capul o cerquillo charolado, esos lentes grandotes y el mal gusto
en el vestir, Betty encarna más bien a una secretaria "nerd". Este
es, por tanto, el quid del conflicto central. Betty Pinzón
Solano no actúa como la cenicienta típica de los culebrones
conocidos; es la muchacha de clase media, tirando a popular, cuya
lucidez empresarial le ha brindado la oportunidad de coleccionar muchos
diplomas y de descollar entre los hombres de negocios.
En un principio, la
fealdad de Betty es motivo de burlas de todos los ejecutivos de la
empresa. Con una crueldad ya estereotipada del discurso reducidor de
los galanes "machazos" y hasta del abiertamente "gay", Hugo Lombardi, ella
es el objeto ridículo que genera comentarios despiadados sobre su
falta de atractivos físicos y su irremediable torpeza. Sin embargo,
Betty se gana, por habilidad y sesos, el respeto de don Armando Mendoza
y de Mario Calderón, los jefazos mujeriegos de la empresa Ecomoda.
Hugo Lombardi, por otro lado, jamás modifica su discurso irrespetuoso
y cruel contra Betty:
¨¿ Y esto (refiriéndose
a Betty) qué hace aquí?¨. Curiosamente, y
aunque sea ya estereotipo el del homosexual como un ser sensible,
Hugo desata toda su furia contra la fea puesto que él se considera
el esteta, el creador, el poeta de las formas. La sensibilidad de
Hugo es tal que no resiste --ni de lejos-- a los poco agraciados.
De hecho, el personaje de Hugo como el de Freddy, se encargan del
toque de humor dentro de la novela; sin embargo, este tipo
de humor negro en sus comentarios es sumamente revelador porque parte
de premisas de irrespeto e intolerancia frente al otro.
Betty es el "hombre"
En realidad, Betty es "el
hombre" que salva a la compañía Ecomoda de la quiebra.
Porque se supone, desde el
estereotipo occidental, que las mujeres han nacido para ser objeto
de deseo de los cerebros masculinos. Sobre ella, pues, descansa el poder
económico de la familia Valencia y Mendoza, dueños de Ecomoda.
La capacidad financista de Betty seguirá creciendo hasta convertirse
en el objetivo erótico del hombre que se hace pasar por empresario
de éxito, don Armando Mendoza.
En un cierto momento, las
inteligentes maniobras de Betty, incluido el "maquillaje" económico,
en el campo de las finanzas de Ecomoda, reordenan el sistema jerárquico
de la empresa: quien manda, organiza y lidera detrás de bastidores
es Betty; por tanto, ella y su "novio" Nicolás Mora, gerentes de
Terramoda, otra empresa subsdiaria, se convierten en potenciales
fuentes de preocupación para Armando Mendoza y Mario Calderón,
quienes son los únicos directivos que están al tanto del
enorme poder de la fea. Ya que la sobrevivencia de Ecomoda depende de Betty,
será preciso neutralizarla, garantizar su fidelidad total para con
Armando Mendoza. Por tanto, es preciso, argumenta Mario Calderón
,elaborar un plan para seducir a Betty. Tal plan funciona a las mil maravillas
y de
hecho, se asemeja más
a las muy femeniles tretas de toda ¨femme fatale¨que se respete,
que a las conductas típicas de los galanes de culebrón.
Ejecutiva
innata
De este modo, la inteligencia
de Betty demuestra ante el mundo masculino y macho que la competencia no
reside sólo en la belleza de las triviales modelos,
sino en su capacidad innata de ejecutiva. Aquí el enunciado
tradicional es substituido por otro más actualizado y, si se quiere,
feminista: la mujer preparada que enfrenta retos y exhibe recursos
superiores a los del guapo, rico y neurótico galán don Armando
Mendoza. Es, por consiguiente, una mujer amenazante a la que hay que controlar
mediante las trampas del amor, echando mano de su lado más vulnerable:
el emotivo, el que anhela el amor correspondido.
Betty sufre su complejo de
fealdad desde su nacimiento. "Niña" sobreprotegida por unos padres
que intentan preservarla de la crueldad pública, escarnecida previamente
por un tipo que apostó a conquistarla, ella vive su trauma a medida
que va al colegio y aguanta las burlas de sus compañeritos.
Luego enfrenta su adolescencia con el dolor de verse marginada hasta de
los bailes de quinceañeros y de los grupos de jóvenes universitarios
que miran con desprecio su pinta de "matona" poco alhajita.
El cuartel de las chistosas
Además, Betty "la
fiera" tiene a su haber quizá el más poderoso de los mecanismos
de defensa: es una humorista permanente, se ríe de su
propia fealdad y es sumamente consciente de que en ese mundillo de la alta
y aparente costura, ella es un monstruo, un ser desacomodado, una mujer
marginada. Quizá por ello, por saberse al margen de toda evaluación
bonita o despampanante, su humor la hace más lúcida y generadora
de empatía. Betty tiene una alta conciencia de lo ridícula
que resulta su fealdad para los demás y también de la ridiculez
implícita en aquel medio frívolo en el que trabaja.
Por eso el contenido melodramático de este culebrón se disuelve
con el humor autoirónico que celebra a cada rato Nicolás,
su leal amigo y "novio de nómina " o de a mentiras y tan feo y torpe
como Betty.
Nicolás, rígido
como un robot, de voz nasal y chistoso, es el segundo peligro potencial
para Mario y Armando. Manda imprimir tarjetas con el título de "gerente
de Terramoda", se burla tiernamente de la fealdad de su admirada
Betty y está enamorado ilusamente de Patricia Fernández,
aquella que, insegura y pretenciosa, repite hasta la saciedad que ha hecho
"seis semestres de Finanzas en la San Marino". Claro que el humor de Betty,
a medida que la trama avanza hacia el noviazgo montado por Armando Mendoza,
cede y cede, a medida que la heroína va dándose cuenta de
la traición a sus afectos románticos.
Las protagonistas
"El cuartel de las feas",
está integrado por: Sandra, una mujer "jirafa"; Berta, la
gorda; Sofía, una fea a quien una de las modelos le ha quitado su
marido y su casa; Mariana, una morena picarona y una sensual y extrovertida
Aura María; ellas son cinco dicharacheras mujeres que, actuando
a modo de coro griego, desdramatizan a cada momento cualquier conato de
tristeza a secas o de sentimiento desbordado. Su humor chismoso y entrometido
establece la distancia necesaria para juzgar la manera convencional y reducidora
que tenemos de calificar o descalificar al otro. Víctima
principal del "cuartel" es el personaje Patricia Fernández, -"la
peliteñida"-, sueño imposible de Nicolás Mora. Patricia
es la "barbie" de camafeo, estilo película gringa, que se
caracteriza por un tic: sacude deliberadamente su pretendida cabellera
blonda, siguiendo el código de la coquetería más desabrochada
y resabida. Con ella estamos frente a un personaje saturado
de arribismo, por su afán de aparentar y escalar (a
cada rato hace notar que es dueña de un Mercedes convertible, aunque
le debe plata a todo el mundo); por su infatuación e hiper
ridículización, la rubia Patricia Fernández es quizá
el personaje más patéticamente risible de todo ese elenco
de aparentadores.
Asimismo, circulan personajes
cómicos como la pobre Berta, la "gordita chismosa" del "cuartel
de las feas" que se la pasa trayendo y llevando rumores y que dice
guardar dieta, mientras se esconde en un baño a embutirse
de "junk food" o de comida chatarra. Alterna también Freddy "Estiuward"
Contreras, personaje rebuscadísimo en su estilo de expresarse y
de seducir a las mujeres. Freddy es el mensajero que siempre anda alegre
y picoteador y quien con sus charadas contribuye a llenar de euforia y
desenfado a esta hilarante historia.
"El cuartel de las feas"
siempre "se acuartela" en su papel de contraparte histriónica a
todo lo que pasa a su alrededor. Sus movimientos son simultáneamente
colectivos y payasescos. Se juntan para aprovisionarse de chismes y hasta
para pronunciar unánimes exclamaciones de pretendida sorpresa.
Identificaciones y distancias
En Ecuador, el canal Gamavisión,
apuntala la sintonía con un programa llamado "El especial" en el
que, además de invitar a los actores de la telenovela colombiana
a hacer gala de sus papeles y de su vida real, se organiza un concurso
de Yo soy Betty, la fea. No faltan tres o cuatro concursantes que, ataviadas
a lo Betty, deben dramatizar una escena previamente escogida.
Y me pregunto, ¿qué
lleva a esas jóvenes y hasta niñas concursantes a correr
el riesgo del ridículo? ¿Lo hacen sólo por dinero?
o ¿quieren identificarse con esa mujer monjil cuyo drama más
esencial reside en un diario que escribe y en el que consigna sus vivencias
más recónditas?
¿Con qué nos
identificamos entonces los que vemos esta comedia telenovelesca? No
tanto quizá con la
desfachatez banal que caracteriza el mundillo "jet set" de
las revistas de modas y las páginas sociales, inalcanzable para
la mayoría, sino con este otro feo, sufrido y maltratado "yo",
representado en Betty y que, a la larga, saldrá reivindicado y triunfante.
Otros serán aliados del discurso machista y falso de Armando y Mario
Calderón, de su cinismo en el manejo de los afectos con el fin de
salvar a su compañía. Algunos opinarán que esta telenovela
perpetúa el estereotipo de la mujer que, tarde o temprano, tendrá
que "despojarse" de su fealdad para poder hacerse merecedora del amor de
don Armando, el simulador. Para ello, el juego último del relato
sería entre el papel "feo" de la actriz Ana María Orozco
y su transformación real en la bella actriz de oficio que es. Hasta
este momento no podemos saber la resolución de este simulacro, de
este juego de dobles.
Ni tampoco podemos adelantar
si don Armando Mendoza, a la final de la obra, terminará identificándose
enamoradamente con aquella Betty soñadora de su diario íntimo,
para mostrar que las feas también tienen suerte con los guapos galanes.
De
la violencia como estereotipo
La violencia no es protagonista
en esta telenovela, como sí sucede en La Caponera, otra telenovela
colombiana de alto "rating", basada en un guión- el gallo de oro-
del escritor mejicano Juan Rulfo en la que el conflicto central está
atravesado por las luchas rurales en torno a las peleas de gallo y las
pasiones amorosas derivadas de la venganza y el odio. Con Yo soy
Betty, la fea, el mundo de la moda y de la sofisticación cosmopolita
exporta otra imagen de Bogotá y de Colombia, aquella de los conciertos
y las exposiciones de Picasso y Botero. Aquella que muchos colombianos
reclaman como necesaria para evitar percepciones maniqueas. En este sentido,
Yo soy Betty, la fea, intenta romper el estereotipo cultural de Colombia,
para replantearlo con una imagen que acaso suene ajena y alienante para
los que se empeñan en perpetuar prejuicios y en ver monocromáticamente
nuestras complejas sociedades. Esta es una "historia blanca" de contralectura
a la abundante e innegable serie de signos violentos y terroríficos
que han azotado por muchas décadas al país norteño.
Cría fama y échate
a la propaganda
Desafortunadamente, el éxito
internacional de esta comedia telenovelesca tiene su precio: la trampa
del "rating". La trama no avanza mucho, como si no pudiese adelantarse
al desarrollo temático de la misma telenovela que se ve simultáneamente
en Colombia. Las peleas de oficina y los dimes y diretes se repiten tanto
como los "flashbacks" con los que Betty recuerda el engaño amoroso
de don Armando. Todos, apachurrados en nuestra cómoda cama, mientras
ya intuimos -o mejor, deseamos- el final de dulce y catártica
"venganza" de la fea, hemos empezado a sufrir el desgaste del
guión, y ahora masticamos rabiosamente las propagandas que
resultan tediosas y descaradamente manipuladoras. A lo mejor, hemos
sido burlados como el corazón romántico y "rosa" de Betty,
y sí sabemos, a ciencia cierta, que la publicidad nos ha tomado,
so pretexto de una historia de amor laboral diferente y que ciertos canales
se habrán salvado de la quiebra con tan descarado y "feísimo"
despliegue propagandístico.
Ya a estas alturas de la
telenovela ni siquiera las Sardinas Real, recomendadas para mejorar la
memoria, ni "la papa con sabor a papa y la yuca con sabor a
yuca", pregonadas por el personaje Paco Aragón, nos permiten recordar
las tantas publicidades que nos embuten y nos asquean. Tampoco sé
qué tan importante es saber que, según la revista Domingo
del diario ecuatoriano Hoy (agosto de 2000) "el costo de treinta segundos
de publicidad en el horario estelar de telenovelas gira en torno a los
60.000 dólares", si Yo soy Betty, la fea está regia y la
requetepublicitada mantequilla Regia, también.
Con todo, Yo soy Betty,
la fea, innova positivamente a un género latinoamericano por excelencia
que ya hace mucho tiempo dejó de ser diversión de amas de
casa ociosas para convertirse en industria boyante y en una representación
genuina de nuestro imaginario cotidiano. |