Los que nos vemos forzados a improvisar al aire, a construir frases sin la reflexión y el cuidado que la sindéresis demanda y, en ocasiones, sin la riqueza del lenguaje que la palabra escrita nos permite, somos vistos en ocasiones como enemigos embozados de una lengua que se quisiera preservar inmaculada y que contribuimos a corromper con neologismos, barbarismos, localismos y hasta "microfonismos" que vamos soltando según la Santa Logorrea nos da a entender.
Hace unos días un periódico
publicó una encuesta entre académicos y escritores españoles,
bajo un encabezado que podría haber sido dictado por Herodías:
"el español entre enemigos y promotores". Y resultaron esbozados
como enemigos del idioma los locutores o comunicadores de la radio y la
televisión, y los periodistas de la prensa escrita. En ese orden.
Claro que no hubo acusaciones directas pero tampoco exaltaciones vivaces.
Nadie nos puso, por ejemplo, del lado de los promotores.
En nuestra defensa podemos abonar,
no solo que utilizamos a la vista o a los oídos del público,
un material absolutamente incandescente y mutable, como es la palabra,
que hoy está y mañana ya no o a la inversa: que ayer no figuraba
y ahora tiene todos los derechos; que nos servimos de ella de una manera
silvestre, sin el procesamiento que a veces significa plasmar nuestros
pensamientos en el papel o en la pantalla de la computadora; que trabajamos
a la intemperie sin la sombrilla o red protectora que el tiempo representa,
en esto de ordenar los pensamientos y sin la ventaja de poder ver lo que
pensamos al ponerlo por escrito, como aseguraba Foster que a él
le ocurría; y finalmente que estamos sirviéndonos de una
de las primeras formas de comunicación humanas: el habla directa,
el dicho, la oralidad. En la radio hacemos todo lo que la teatralidad nos
aconseja para no perder la atención del radioescucha y recuperar
así un título que antes hacía justicia a quienes avivan
los programas: los animadores.
El órgano de lo imaginario
Tal vez la penetración innegable de la radio llama la atención porque en este fin de milenio, en el verdadero siglo de la ilustración o de lo visual, el retorno a la palabra hablada parecería imposible ante el dominio de las imágenes.
Pero ya Roland Barthes, el semiólogo francés, el que advirtió que el grano de la voz era la materialidad del cuerpo, había señalado, en los años 60, que la nuestra "es una civilización de la palabra, y esto a pesar de la invasión de las imágenes". El mismo descrifrador de significados fue quien nos dio la clave anticipada de por qué la palabra hablada adquiriría la fuerza que ha hecho de la radio uno de los medios más competitivos, aun frente a la todopoderosa televisión: "la voz es un órgano de lo imaginario", por lo que, en consecuencia, para él la frase no era la misma con la voz que con la escritura.
Hoy se entiende que la palabra radiofónica
puede eternizarse por la vía de la grabación y que no tiene
que renunciar a las aspiraciones literarias, como lo prueban los numerosos
literatos que participan, escriben y conducen programas de radio. Y es
que se acepta que la voz no necesariamente es una intrusa en la alcoba,
sino que puede ser una compañera de la soledad y hasta una interlocutora
de dudas y conflictos.
El tú y el nosotros
La voz, como grano de lo imaginativo, siembra en el oyente una serie de posibilidades que germinan con el tiempo y dan como resultado que el radioescucha encuentre una manera de integrarse al "nosotros" que le propone el locutor (quien antes postulaba el tú), con toda la carga social que representa el habla pública. Con la radio, el habla pierde su carácter privado y se inserta en lo social, para ser un gran nosotros que no pasa por alto a nadie. La radio, asegura la lingüista Josefina Vilar, "es habla pública, en esta caben todos los géneros de la literatura (los poéticos, los periodísticos, los académicos, etc.) así como, en principio, todos los actos del habla (preguntar, convencer, mentir, imprecar, etc.)... la sustancia expresiva en que se produce esos géneros es la que existe en los tres componentes del significante radiofónico: las lenguas habladas, la música y los efectos sonoros".
Todo lo que somos y hemos sido se
encuentra en nuestra forma de hablar. Este invento del hombre que es la
palabra, según don Eulalio Ferrer, nos transparenta, nos descubre
a los ojos de los demás, que al oírnos hablar pueden averiguar
de dónde venimos, cómo somos, qué comemos, cómo
actuamos, qué tememos, qué admiramos. Somos lo que hablamos.
Así, la radio por esencia es democrática. No en vano don
Miguel de Unamuno aseguraba que "el hombre es hombre por la palabra". Así
hablamos, así somos y así es el hombre de la calle y del
radio, el que nos aguarda del otro lado del receptor y que espera que seamos
su cómplice y su aliado, antes que su crítico o preceptor.
El dilema
Con frecuencia los comunicadores nos enfrentamos a un dilema: ¿usar la palabra en el uso corriente pero equivocado o en su uso correcto, pero desconocido? En estos tiempos en que se nos demanda por tantos medios y por tantos motivos que elijamos, ¿con quién nos quedamos?, ¿a quién somos fieles: al público o a la academia, a la masa o a la élite?; pero, además, ¿hasta qué punto podemos confiar que ese amor a la palabra exacta nos será correspondido? ¿Cuántos pugnamos, durante años, porque no se usara "sofisticado", como expresión de elegancia o de complejidad, ya que en español solo significaba "falto de naturalidad, afectadamente refinado", tal como podíamos comprobar con solo acudir al diccionario, que no aceptaba otra acepción, por lo menos en su edición de 1984?
Hasta ahí, todo marchaba bien. De ninguna manera nos podíamos sentir mal queridos por la academia. Contábamos con ella para demostrar que solo en inglés sophisticated tenía esa acepción de "mundano, falto de simplicidad, avezado en las cosas del mundo", que en español se le quería dar. Y hasta recomendábamos a las mujeres que se mostraran ofendidas si alguien las calificaba de sofisticadas, pues las estarían tildando de falsas y adulteradas.
Pero hete ahí que en su edición de los 500 años, del encuentro de las dos culturas, nos encontramos que una tercera, la del spanglish, entró al Lexicón y le dio carta de naturaleza a "sofisticado", que en su tercera acepción lo aceptó como "elegante, refinado" y en su cuarta lo definió como "complicado. Dícese de aparatos, técnicas o mecanismos". ¿Con qué cara nos vamos a acercar a las mujeres para decirles –ahora sí– que tienen un porte sofisticado, porque ya le quitamos la maldición a la palabreja?
La verdad es que, como dicen en mi barrio: Tepito "pa' vergüenzas no gana uno" si es que uno le va al campeón, en este caso al diccionario, hasta que pierda. Porque pierde de todas todas: las tercas palabras no se dejan inmovilizar, representan a la insurrección permanente y terminan por desbaratar lo que ya teníamos tan hechecito (giro que desde luego tampoco acepta la academia, pero que en nuestro español de México tiene plena validez).
Otro caso, vigente y actual, en el que vemos cómo avanza el neologismo hasta ocupar su lugar, es el de la palabra reclamo, como sinónimo de reclamación, no sé si por influencia del inglés, que tiene su reclaim, o simplemente por analogía o paronomasia que dicen los entendidos.
Así, en los anhelos democráticos y gracias al sentido que posee el habla humana se abre un mundo inmenso para la radio. Y ética y estética se hermanan: fondo y forma , forma y fondo. El habla es lo que realmente hace caminar y volar a la lengua. Porque la lengua es fundamentalmente sonidos; lo mismo en el interior del cerebro que del corazón, y en la lectura dizque silenciosa de las ideas que propugnan el cambio y anticipan los años que vendrán.
De ahí la importancia de la
radio, su responsabilidad gigantesca y el porqué la radio, de los
medios de comunicación, es la más parecida a la literatura,
la más emparentada con la democracia y la más comprometida
con la libertad. La radio testimonia permanentemente la evolución
del hombre y de su lengua, propone y cataliza, refleja y acompaña;
pero no determina necesariamente, por lo menos no sola, no más que
la realidad misma.
La radio: imposible de detener
En este sentido, para la radio no hay masas uniformes sino suma de grupos y voluntades, adiciones de minorías que hacen las mayorías. Quienes trabajamos en los medios (la radio particularmente) hemos de usar las palabras y construcciones gramaticales que entienden las mayorías. Buscamos audiencias (ratings) para soportar los costos de producción y transmisión y buscar (no es pecado) utilidades. Por lo menos en la radio comercial. En este medio, la "necesidad de impacto" es crítica. A diferencia de la prensa, donde la frase puede ser vuelta a leer, y de la televisión, donde la imagen soporta y hasta desplaza al verbo, en la radio "solo" podemos trabajar con las palabras, la música y los sonidos.
Porque además –y aquí está el desafío– hemos de atender (si queremos ser realmente democráticos) a todas aquellas minorías que hacen la suma de las mayorías: los homosexuales, los enfermos de SIDA, los gordos, los desesperados, los suicidas, los neuróticos, los insomnes, los que sueñan todavía, los feos (en Guadalajara tenemos en una emisora "El club de los feos" que es un "trancazo"); en fin, minorías que no lo son tanto.
Por eso, la radio democrática puede, y no necesariamente debe, adquirir otras intenciones, más allá del entretenimiento y la información; baste citar el título del libro de Julian Hale, La radio como arma política, donde dice "la radio es el único medio de comunicación masiva imposible de detener". La radio es, pues, un arma en la insurrección, un garrote en la represión y una mesa en el diálogo.
Habría que recordar que el primer elemento de fuerza de la radio es su natural independencia como receptor, por su tamaño escindible y su potencia multiplicada al paso del tiempo. La radio es muy difícil de silenciar. La interferencia de una señal de radio no es la mejor alternativa para acallar sus mensajes. Cuesta cinco veces más interferir un programa que emitirlo. Por ello, estoy convencido de que la radio protagonizará el reto democrático del siglo XXI.
Y cuando hablo de democracia hablo sobre todo de una sociedad civil, cada vez más participativa y demandante. Una sociedad que –en el caso de México– ya planteó gritos y demandas en las calles, lo mismo en el 68, que en el 85, y que desde el primer minuto del primer día de 1994 hace oír su voz, reclamando (otra vez, no le hace) justicia, lo mismo en los procesos electorales, que en la aclaración de asesinatos políticos, en los que todos nos morimos un poco.
Ciertamente, las radios clandestinas rebeldes de las décadas recientes, deberían ser sustituidas por espacios plurales en las radios comerciales realmente inteligentes. Solo donde no hay democracia, y donde la radio esté sometida al poder del autoritarismo o de la dictadura abierta o embozada, las radios clandestinas seguirán justificando su existencia, como ha ocurrido en el pasado.
– "Aquí La Voz de Argelia..."
– "Aquí... Centroamérica... Radio Venceremos..."
No hay ningún otro medio con tan arrebatado poder de convocatoria, con el dolor para cada quien, con la alegría para cada quien, con la imaginación para cada quien ¿Qué pensarían los ingleses de Londres, qué imágenes verían en la víspera de los bombardeos, cuando Winston Churchill les dijo a través de la radio: "Compatriotas, solo puedo ofreceros, sangre, sudor y lágrimas"?
En esta América Latina nuestra de todos los días, agobiada por las crisis económicas recurrentes, y por sentidos y adoloridos atrasos, la palabra surge con un significado especial: libertad. Lo mismo en las batallas, que en la paz, la voz de la radio ha sido la voz de la democracia... la de las minorías que hacen mayorías.
A querer o no, la radio no ha rehuido,
ni debe rehuir, su enorme responsabilidad en el perfeccionamiento de los
procesos democráticos. Por última vez: la radio del siglo
XXI será, fundamentalmente, transmisora de ideas expresadas en palabras.
De ideas y palabras tan libres que podrán encontrar, o no, eco en
sus audiencias, que bien pueden aceptarlas o rechazarlas, porque la libertad
de la radio comienza en la libertad de sus audiencias: cambiar de estación.