
| [inicio] Chasqui 69, marzo 2000 OPINIONPrensa, corrupción y poder
Lolo Echeverría |
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| La corrupción
por seducción
En tiempos de las dictaduras y las tiranías, algunas cosas erán más claras; al menos se sabía que los tiranos odiaban la verdad y odiaban a los periodistas que buscaban verdades en los pasillos del poder para trasladarlas al pueblo. Los tiranos no tenían amigos entre los periodistas, ni los periodistas se podían dar el lujo de ser "comensales de Palacio". En los tiempos de los estadistas ya no se persigue a la prensa. Ya no hay cárcel para los periodistas; al contrario, son buscados, se los rodea de halagos y adulos, se les hace partícipes de los problemas insolubles de Gobierno y miembros del círculo de conocedores de los secretos del poder. Los periodistas "prestigiosos" son bien informados y se convierten rápidamente en celebridades. Aquellos que incomodan, son excluidos del círculo, quedan desinformados y, a la larga, "desprestigiados". Ya no es necesaria la cárcel para los periodistas indeseables, basta para ellos el olvido. La fórmula de conquistar a los periodistas con halagos no es utilizada únicamente por los gobiernos, también se valen de ella las instituciones y las empresas. Es la fórmula que usa el poder para convertir a los periodistas en cómplices de sus objetivos. Los
pocos periodistas que sobreviven a las lisonjas del poder y a las vanidades
de la estelaridad, alcanzan liderazgo intelectual y autoridad moral, su
trabajo adquiere solidez y credibilidad, pero los demás se deshacen
con los halagos y devienen en propagandistas de los gobiernos y panegiristas
de los figurones de turno.
La corrupción por perversión En
los manuales resulta muy clara y simple la definición del rol del
periodista, pero la vida real plantea siempre situaciones inéditas
y el poder ha descubierto las fórmulas para pervertir los objetivos
fundamentales.
Pero el periodismo se ocupa de lo contrario. Lo que funciona bien, lo que puede concebirse como normal, no llama la atención del periodista; lo que funcional mal, aquello que se sale de la regla y la norma es lo que el periodismo concibe como noticia potencial. Cuando los gobiernos, las instituciones, las empresas y los políticos empezaron a contratar a periodistas para la tarea de relacionadores públicos, desnaturalizaron los objetivos del comunicador y empezaron a corromper a los periodistas al pervertir sus fines. El
relacionador público se ocupa generalmente de cultivar la buena
imagen de la persona o de la institución ocultando lo negativo y
exponiendo lo positivo, manipulando la información, construyendo
una verdad.
Los
profesionales de la imagen y de políticas de comunicación
que trabajan para la política, se han convertido en algunos países,
en instrumentos neutros de gobierno. La inestabilidad política les
ha obligado a adecuarse a gobiernos de distinta ideología, diversos
estilos y consistencias. Se racionaliza la situación señalando
que se trata de un trabajo "profesional" que trasciende las veleidades
de la política.
La corrupción por filtración Buenas fuentes de información hacen buenos periodistas. Esta simple verdad esconde otra forma de corrupción relacionada con el poder. Las fuentes informativas son buenas cuando están bien ubicadas y son importantes, es decir que son jefes, ejecutivos o agentes de prensa. El problema es que, con frecuencia, no se sabe quién se sirve de quién. El político cultiva al periodista dándole buenas informaciones que lo hacen destacar en el campo profesional. El periodista cultiva la fuente evitando críticas que pueden poner en peligro la confianza. En esta dinámica se desarrolla una relación íntima entre el periodista y su fuente. El
político que está en el poder y que tiene conocimiento y
autoridad para filtrar informaciones, desgraciadamente, lo que busca es
servirse del periodista dándole primicias a cambio de un buen trato,
a cambio de la difusión de globos de ensayo y eventualmente a cambio
de llanas mentiras.
La corrupción por imitación Mientras más se degrada la política y se desprestigian los políticos, más imitadores tienen y entre ellos están los periodistas. Las relaciones del poder tienen entre sus desviaciones la alteración de los roles de los políticos y los periodistas. Los
políticos están fascinados con el rol de periodistas, los
hay en la televisión, en la radio y en la prensa escrita.
Tampoco los periodistas son buenos como políticos. Manipulan a las audiencias, caen en la auto presentación subjetiva y terminan haciendo demagogia barata. Ahora
que los políticos están acusando de corrupción a la
prensa se hace necesario, en homenaje a los periodistas "caídos",
advertir que son los mismos políticos los que, disfrazados de sirenas,
se apostan en los recodos del camino de los periodistas.
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