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Chasqui 66, junio '99
 

COMUNICACION PUBLICA DE LA CIENCIA

Manuel Calvo Hernando: 50 años de periodismo científico

 

 
 

- Antonio Calvo R. 


Con medio siglo de actividad en torno a la comunicación de la ciencia; con más de 8.000 artículos y reportajes para diarios, revistas, agencias, radio y televisión; con 25 libros publicados y otro en camino, Manuel Calvo Hernando continúa laborando incansablemente. Antonio, su hijo, presenta una semblanza muy entrañable de su padre en la cual rescata “toda la humanidad” de quien ha dedicado la vida al mundo de la ciencia y su divulgación, especialmente en Iberoamérica.

Portada # 65


 
 
 
En agosto de 1955, la ONU decidió celebrar, en Ginebra, la I Conferencia Mundial de Usos Pacíficos de la Energía Atómica. La convocatoria llegó a todas las redacciones del mundo. Manuel Calvo Hernando, entonces redactor del diario Ya, de Madrid, pidió permiso al director del periódico para asistir a la conferencia. El joven redactor de 31 años quedó fascinado ante el mundo que se descubría ante él: el mundo de la ciencia y de la divulgación. Tras la primera noche en vela revisando las carpetas con los informes, decidió que, desde ese momento, iba a dedicarse al periodismo científico. Casi medio siglo después continúa con esta especialización, con más de 8.000 artículos y reportajes sobre ciencia a sus espaldas.

75 años y al pie del cañón 

Aquel mismo año, 1955, Calvo Hernando había tenido su segundo hijo. Finalmente, seríamos seis, tres chicos y tres chicas. Pese a su insistencia en que nos dedicáramos a otras materias, sobre todo a estudios de ciencias, un elevado porcentaje de nosotros hemos terminado en el periodismo: los tres varones somos periodistas, dos trabajan en el área de internacional y yo escribo de ciencia; una de mis hermanas trabaja también en periodismo, aunque relacionado con el mundo de la cultura, y mis dos cuñados están también en esta profesión. Hay, en mi opinión, una sola razón para esta anomalía estadística: durante toda nuestra vida hemos visto a nuestro padre pasarlo muy bien con su profesión.
El periodismo científico e Iberoamérica han sido dos constantes en nuestras vidas. Nuestro padre siempre estaba escribiendo un nuevo artículo o un libro y de vuelta o de ida a un curso o a un congreso en México, en Buenos Aires, en San Pablo o en Lima. Además de todas las razones, tantas veces esgrimidas para el desarrollo de esta especialidad, hay una que debe tenerse en cuenta y que tiene una gran importancia. Es la actualización del verso de Martí, "ser cultos para ser libres". En los años 60 y 70 las dictaduras eran la moneda común de nuestros países. Luchar contra el analfabetismo cultural y científico era, y es, una manera de luchar a favor de la democracia.

Además de dedicarse a divulgar la ciencia tanto en periódicos, revistas y colaboraciones en agencias, como a través de la radio y la televisión, Calvo Hernando se ha distinguido por su capacidad aglutinadora. Junto a Arístides Bastidas fundó, en 1969, la Asociación Iberoamericana de Periodismo Científico, de la que continúa siendo secretario general. Dos años después fundó la española y participó, a lo largo de ese decenio, en la creación de asociaciones equivalentes en prácticamente todos los países, entre Río Grande y la Patagonia. Como complemento a todo ello ha participado y organizado, desde 1965, en más de medio centenar de cursos, congresos, seminarios y diversos tipos de reuniones culturales sobre periodismo científico, entre ellos los congresos iberoamericanos de periodismo científico celebrados en Caracas (1974), Madrid (1977), México (1979), Brasil (1982), Valencia (1990) y Santiago de Chile (1996). La presencia itinerante en todo tipo de encuentros y reuniones, en universidades importantes y en pequeñas universidades recónditas de América, le ha valido ser llamado, no sin cierto humor, "la madre Teresa de Calcuta del periodismo científico".

Ahora, a los 75 años, continúa trabajando y despliega una actividad que no deja de sorprendernos, aunque deberíamos estar ya habituados a las largas jornadas frente al ordenador. Y, desde luego, su humor continúa intacto. Su capacidad para aguantar (siempre hay ovejas negras) a algunos individuos o algunas jornadas especialmente pesadas reside, en mi opinión, tanto en su buen fondo como en su capacidad para el humor. Su memoria tiene siempre a punto una anécdota, científica o no, divertida e ingeniosa.

Quizá haya que buscar la razón, para estar tantos años al pie de un cañón cuyos disparos no siempre llegan donde se proponen los artilleros, precisamente en su capacidad para el humor o, en otro sentido, en su incapacidad para ver el lado negro de la realidad. Manuel Calvo Hernando tiene una incapacidad fisiológica para deprimirse. Aunque su esfuerzo, y el de tantos y tantos compañeros, ha dado considerables frutos, hemos de reconocer que no todo ha ido siempre perfectamente y que también han abundado los disgustos: pues bien, aun en el peor de ellos, nunca se le ha pasado por la imaginación ni siquiera la tentación de tirar la toalla. Y yo creo que eso se debe, como digo, a esa incapacidad biológica para deprimirse, esa necesidad de sonreír y estar contento.

Las raíces de ello, probablemente, podrían encontrarse en una sólida (y quizá no completamente justificada, a mi juicio) fe en el ser humano. En las posibilidades de mejorar, y aun de ser mejores, en la creencia extraña en que diseminar el conocimiento puede redundar en beneficio de todos. Esa ciega y loca esperanza le ha permitido no ya sobreponerse a todo, no ya levantarse después de los tropiezos: más bien no tener en cuenta caídas o retrocesos.

Incansable capacidad de trabajo

Otra de sus características, no sabría decir si buena o mala, es otra incapacidad. No sabe decir no. Eso le lleva a trabajar con el mismo tesón para la organización de un congreso internacional que para una jornada en una pequeña localidad provinciana. El mismo amor pone en escribir un reportaje para una importante publicación que para un boletín de circulación restringida. Todavía hoy no hay carta, correo electrónico o fax que deje sin contestar, por más vitigudinas que sean las peticiones que le llegan, que son muchas y variadas. Para todos tiene una palabra amable, un consejo, una bibliografía a punto.
Su pasión iberoamericana comenzó a forjarse durante sus años como jefe de prensa del entonces Instituto de Cultura Hispánica, hoy Instituto de Cooperación Iberoamericana. Durante un cuarto de siglo recibió allá a miles de viajeros que llegaban del otro lado del mar. Aunque puede que esté mal que yo lo diga, todos guardan de él un recuerdo de amabilidad y atención. Y es que, además de su trabajo profesional, la humanidad (una cualidad que debería ser inherente a nuestra especie, aunque no siempre ocurre) era su tarjeta de visita. Siempre amable y sin saber decir no, la verdad es que resulta natural que las cosas le hayan ido bien.

Desde que en 1949 publicó su primer libro, un relato de humor sobre su estancia haciendo el servicio militar, que también son ganas, hasta la tesis doctoral que prepara en la actualidad, que también son ganas, 25 libros han salido de sus manos. Sobre aspectos científicos concretos, como la carrera espacial, el estado de la ciencia en Estados Unidos en 1965, el cuerpo humano, hasta otros de reflexión sobre el futuro y la tecnología. El progreso, cargado de utopías que unas veces se convierten en realidad y otras resultan fiascos, ha sido también una fuente de reflexión habitual a través de los años.

Y es que el trabajo en periodismo científico y la reivindicación de esta especialidad en los países americanos y en España está fundamentada, entre otras razones, en la exigencia de aumentar el conocimiento de la población como forma de democratización. No es posible libertad sin educación, y el analfabetismo científico es uno de los lastres culturales de los países menos desarrollados. Como ha repetido en numerosas ocasiones, "en una sociedad cada vez más dependiente del conocimiento tecnológico, es extremadamente importante contar con una información honrada, crítica y exhaustiva sobre ciencia y tecnología". Su empeño primordial, tanto a través de sus artículos como impulsando el desarrollo de la especialidad, ha estado centrado en "poner al alcance de la mayoría el patrimonio intelectual de la minoría, en el ejercicio de la más difícil y exigente democracia, la de la cultura, la democracia tecnológica".

Porque, en definitiva, su trabajo ha consistido en contarnos el mundo en el que vivimos y el mundo en el que vamos a vivir. Detrás de cada palabra escrita, de cada crónica y de cada reportaje en televisión estaban, están, las personas que viven en el mundo, con sus dolores y sus alegrías, sus miedos y sus desconocimientos, sus incuestionables deseos de mejora personal y familiar. Calvo Hernando ha escrito imbuido por el deseo de ayudar a sus semejantes, de dotarles de conocimiento y, por tanto, de capacidad de crítica, de posibilidad de elección.

Hay en toda su obra la ambición de la educación. Tanto en su trabajo como informador como en sus charlas docentes, Calvo Hernando suele hablar no del trabajo del periodista científico sino de la misión, de la responsabilidad educativa de quienes han tenido la suerte de acceder a un conocimiento superior y su responsabilidad para con el resto de los ciudadanos. Entre las misiones del periodismo científico, a su juicio, la de enseñar ocupa un lugar central,  preponderante. Otra vez "ser cultos para ser libres".
Todo ello, cómo no, gracias a una incansable capacidad de trabajo. Además de las dosis de inspiración que se puedan deducir al leer sus textos, es necesario hacer constar las enormes dosis de transpiración. No ha sido Calvo Hernando hombre que pierda el tiempo. Siempre con un libro y un lápiz en la mano, arrasando con su mal pulso los libros que llena de subrayados y notas, su tiempo se ha distribuido, y no de forma equitativa, entre su trabajo y su familia. Algo ablandado por el tiempo, sin embargo, sus nietos, diez, consiguen hoy que se aparte algo más del trabajo de lo que conseguíamos nosotros. No mucho, desde luego.

Su horario de hoy incluye, además de las clases que da en la Universidad de San Pablo-CEU, la preparación de trabajos y colaboraciones y, para colmo, el final de su tesis doctoral. Como decimos en España, a la vejez, viruelas. Se trata de un trabajo sobre el periodismo científico, pero, ahora un paso más allá, de la especialización dentro de la especialización. En ella ha sabido mezclar los conocimientos teóricos específicos de cada una de las ramas de la ciencia, desde la astronomía hasta la biología molecular, con los últimos conocimientos en cada una de ellas. Se trata de una obra monumental que ha hecho no solo sin darse importancia, sino sin que los que estamos a su alrededor nos demos cuenta de ello. Lo cual es más meritorio, si consideramos las historias sobre las personas que, con 50 ó 60 años menos, tratan de escribir su tesis doctoral.

Este es, en fin, mi padre. Y me he atrevido a hacer este retrato parcial, por supuesto, tras la petición del editor de Chasqui, animado por  la intención de ofrecer algunas claves de la personalidad de Calvo Hernando que ayuden a entender su trayectoria.  Este es, si así os parece.



 
 
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