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Chasqui 70, junio 2000

OPINION 

El Nuevo Orden Internacional de la Información

El sueño en la nevera

 

Luis Ramiro Beltrán
Boliviano, doctor en Comunicación Social, consejero regional para América Latina de la Universidad John Hopkins. 
Correo-e: ariperez@ceibo.entelnet.bo 

 
La del 70 resultó ser una década de fuego en el campo de la comunicación.  Nunca como entonces fue ella objeto de un candente y fragoso debate internacional.  Detonante de éste fue en 1972 una proposición de la Unión Soviética para que la Unesco aprobara una resolución sobre el papel de los medios masivos en pro de la paz y del respeto a los derechos humanos, así como en contra del racismo.  Frustrada cinco años consecutivos por la firme reacción norteamericana, la proposición generó ácido conflicto en todo ese período.

 Pero lo que prendió la mecha del incendio a escala mundial sobre la materia fue la determinación del entonces pujante Movimiento de los Países No Alineados, proclamada inicialmente en Argel en 1973, de forjar un "Nuevo Orden Internacional de la Economía" aparejado con un "Nuevo Orden Internacional de la Información".  En cuanto a lo primero, el planteamiento buscaba "descolonizar" el régimen económico que sometía a los países de menor desarrollo, la mayoría de la humanidad, a la hegemonía financiera y política  de los países de mayor desarrollo, la minoría de la humanidad.  Respecto de lo segundo, lo que se proponía era corregir el marcado desequilibrio prevaleciente en la posesión y manejo de los recursos de la información que favorecía a los países avanzados en desmedro de los rezagados.  Denunciaron estos una concentración de grado extremo del poder comunicativo en manos de los Estados Unidos de América y de los países de Europa Occidental.  Ello en términos de disponibilidad de medios masivos y de acceso a modernas tecnologías de comunicación, así como en sentido del número, la escala y alcance de agencias noticiosas, empresas publicitarias y servicios propagandísticos.  Tal régimen oligopólico de comunicación, señalaron los denunciantes, demostraba que el ponderado "libre flujo de la información" venía a ser nominal y que los contenidos de esa información desfavorecían a los países pobres, desdibujando sus realidades y debilitando sus identidades.  Así, a la dependencia económica se sumaba la dominación cultural.  Y, por tanto, para desmontar esa configuración "neocolonial" de las relaciones internacionales, había que reformar ambos órdenes injustos y perjudiciales.

 La Unesco recibe mandato del NOII

 La lucha de los no alineados por lograr ese cambio llegó al punto de conflagración, a principios de la segunda mitad de la década, cuando la oposición al mismo por parte de las potencias occidentales se puso de manifiesto.  A lo largo de 1976 las voces propiciadoras del nuevo orden informativo se hicieron estentóreas en Túnez, Nueva Delhi, Colombo, Lima y Nairobi, entre otras plazas.  Respaldada por el Grupo de los 77, la propuesta innovadora fue acogida por la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Unesco recibió el mandato de apoyar la creación del nuevo orden.  Por otra parte, también en 1976 la Unesco patrocinó en Costa Rica la Primera Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Nacionales de Comunicación bajo el fuego graneado de la Sociedad Interamericana de Prensa que se opuso a su realización.  En noviembre del 76, en la Conferencia General  de la Unesco, realizada por primera vez fuera de su sede, se produjo el choque frontal de las posiciones antagónicas.  En 1977 las grandes organizaciones empresariales y agrupaciones profesionales de la comunicación de Occidente desataron internacionalmente una drástica y tenaz campaña contra la idea del NOII, por considerarla atentatoria contra la libertad de información y opuesta a la democracia.  La combustividad aumentó con ello a tal punto que la Unesco apeló en aquel mismo año a una fórmula conciliatoria en pos del apacigüamiento: estableció una Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de Comunicación, grupo multinacional y pluralista de expertos que, por el apellido de su presidente, llegó a conocerse simplemente como la Comisión McBride.  En la Conferencia general de la Unesco en 1978 los contendientes arribaron, mucho más por la vía de facto que por la declarativa, a una suspensión de hostilidades que no sólo permitió aprobar, con ajustes, aquella proposición soviética sobre el papel de los medios sino que, en reconocimiento de la disparidad tecnológica entre países desarrollados y subdesarrollados, hizo posible establecer aliviatoriamente un Programa Internacional para el Desarrollo de la Comunicación (PIDC).  Pese a esta suerte de avenimiento, Estados Unidos y Gran Bretaña irían a retirarse más tarde de la Unesco.

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 Informe McBride

 En Belgrado en 1980 la Comisión McBride presentó su informe final a la Conferencia General de la Unesco, mereciendo aprobación con muy pocas reservas de algunos Estados miembros.  Bien documentado y escrito con profundidad y ponderación, este estudio - que marcó un hito en la historia de la comunicación - convalidó claramente en sus recomendaciones los planteamientos renovadores  hechos por los países del "Tercer Mundo" en pos de la equidad.

 En lo que pareciera haber sido el último grito de guerra, un congreso de editores, productores y dueños de los principales medios de comunicación occidentales reiteró, en Talloires, Francia, en 1981, su militante oposición al planteamiento del NOII.  Por inversa, para entonces el Movimiento de los Países No Alineados ya había comenzado a decaer y, aunque no abandonó su prédica mientras pudo subsistir, no mostró ni organización ni bríos para seguir librando la titánica batalla que emprendiera por la conquista del nuevo orden con que había soñado.  Y, al propio tiempo, la Unesco tuvo que dejar de ser el ángel guardián de aquel soñar.  En la esfera latinoamericana, la Iglesia Católica propuso - mediante un seminario de expertos en 1982 en Embú, Brasil - la prosecución del empeño.  Y aún diez años más tarde reuniones profesionales en la región siguieron abogando por la reforma democratizante.  En cambio, luego de intentos fallidos en Venezuela y México, nadie más se atrevió a tratar de instaurar políticas nacionales de comunicación.

 La situación ha empeorado

Hoy, a un cuarto de siglo del inicio de aquel insólito proceso, ¿cuál es el estado de la comunicación internacional?  La respuesta más concisa que puede darse, infortunada pero no sorprendentemente, es negativa.  Para comenzar, es muy evidente que ni una sola de las proposiciones de cambio, alentadas bajo el ideal del NOII, han llegado a materializarse en ninguna parte.  Y, lo que es peor, no sólo que no ha habido alivio o mejoramiento alguno en la situación denunciada sino que ella ha empeorado grandemente.  Lejos de disminuir, la concentración del poder comunicativo a favor de las naciones de mayor desarrollo ha aumentado enormemente.  Grandes consorcios transnacionales dominan el flujo de noticias y el negocio publicitario, especialmente en materia de televisión, y las diferencias en el acceso a los modernos recursos de la telemática son abismales.  Estados Unidos de América, los países de la Unión Europea y Japón controlan el 90% de la producción de bienes y servicios informativos.  De los 550 millones de computadoras que hay en el mundo, hoy un poco más de la mitad están en Estados Unidos, Japón, Alemania, Inglaterra y Francia.  Algo más de dos tercios del total mundial de usuarios de Internet - 320 millones - corresponden a esos mismos cinco países.  Y del total mundial de "internautas" el 57% está en Estados Unidos de América, mientras que en Latinoamérica está sólo el 1%.  En suma, la brecha que en los años 70 era de suyo grande, hoy, en la era neoliberal, en el apogeo de la "sociedad de la información" y en el pináculo del proceso globalizador, se ha vuelto gigantesca.  Y no existe en el horizonte movimiento internacional alguno que pretenda desafiar la vigencia de semejante poderío sin precedentes.

 ¿Tiene esperanza el futuro?

 ¿Estará todo, pues, perdido para siempre?  ¿No es que van surgiendo en Europa, por ejemplo ciertas señales esperanzadoras sobre autoregulación y políticas?  ¿No hay en la propia Europa y en Canadá indicios de alguna resistencia a la hegemonía tecnológica mundial?  ¿No será que la lucha por el cambio pudiera ser retomada un día por esas naciones no subdesarrolladas y no impotentes?  ¿Será posible que las Naciones Unidas y la Unesco vuelvan a abrazar la causa?

 Quienes nos suscribimos a la quimera de la justicia queremos creer que sí, porque, como lo señalara Pablo VI, las realidades de hoy suelen ser las utopías de ayer.  Y porque compartimos con Paulo Freire la convicción de que lo utópico no es lo idealista inalcanzable sino lo dialéctico que denuncia la estructura deshumanizante y anuncia la humanizadora.  Por eso nos atrevemos a pensar que el sueño de forjar un nuevo orden mundial de la información y la comunicación pudiera no haber muerto.  Habrá tomado, más bien, refugio en la nevera del tiempo y acaso está aguardando el momento en que la historia vuelva a golpear con fuerza las puertas de la conciencia universal.
 

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